El corazón me aturdía con eso de que las paredes y el techo se van si hay libertad.
Y ese drogadicto alarido, cuando se quiebran todos los sentidos con una canción, fue el que jugo todo el tiempo en mi mente como abogado, y liberó para siempre esta ciega razón de vivir, de tratar de lograr ser la revancha de todos aquellos que la pelearon al lado, de cerca, o muy lejos y no pudieron reír sin llorar.
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